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Excremento
Enlatado de un Artista Italiano es vendido en Galeria
de Arte.
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| Por
Daniel Samper Pizano. Revista Carrusel. |
Un
día de estos, querido lector, más tarde o
más temprano, usted tendrá que contarles a
sus nietos lo que fue nuestro tiempo, este revuelto puente
entre el siglo XX y el XXI. Deberá ser franco con
ellos. Estará obligado a hablarles de lo malo y lo
bueno, de lo sublime y lo infame.
Tendrá que mencionar a Hitler y a
Teresa de Calcuta, el hambre del Tercer Mundo y la llegada
a la Luna, la bomba atómica e internet, los grandes
asesinos y los grandes poetas, la quema de libros bajo las
dictaduras y el florecimiento de la música en aparatos
del tamaño de un encendedor, la contaminación
del planeta y la cirugía que no raja el pellejo...
Podrá regalarles libros, encimarles
documentales, repasarles fotos, prestarles recortes, proyectarles
películas, mostrarles cuadros de Picasso y cine de
Coppola... Pero sólo habrá cumplido la misión
de ilustrar a sus nietos cuando les refiera la historia
de la "merde d'artiste".
Le estoy hablando de una de las radiografías
más nítidas de lo que es nuestro tiempo. Algo
que lo pinta en toda su dimensión. Es un episodio
que surgió hace casi medio siglo y cada vez me asombra
más. Voy a contárselo para que un día
de estos, más tarde o más temprano, se lo
repita usted a sus nietos.
Piero Manzoni era un escultor y pintor italiano
nacido en 1933. En 1961, desilusionado de su oficio, resolvió
concretar la idea que tenía sobre el arte universal
en un proyecto tan original como elocuente, que consistió
en producir 90 latas herméticamente cerradas de 5
centímetros de alto y 6,5 de diámetro (lo
que mide un enlatado de paté o caviar, diría
D'Artagnan) con un peso neto de 30 gramos, libre de conservantes
artificiales.
Fecha de caducidad: ninguna. Precio: igual,
gramo por gramo, al del oro en el mercado de Londres. Nada
de esto resulta excesivamente extraño. Lo curioso
es el contenido. Pongan atención, porque un día
de estos, más tarde o más temprano, tendrán
que decírselo a sus nietos. Impreso alrededor de
la caja en varios idiomas se anuncia lo que lleva adentro
el enlatado: "Merde d'artiste...Artist's Shit... Künstlerscheisse...
Merda d'artista".
No tuvo el privilegio nuestra lengua de
aparecer entre los idiomas seleccionados, pero creo que
a todos nos queda claro: según Manzoni, lo que encierran
los tarros es ni más ni menos que el fruto de sus
protestas estomacales. Quiero decir que el artista introdujo
en cada lata 30 gramos de excrementos propios, selló
el recipiente al vacío y luego puso en venta lo pujado
en calidad de obra de arte.
No fueron más que 90 latas (hay que
tener en cuenta el esfuerzo que significa producir y embalar
casi tres kilos de semejante materia orgánica), pero
tuvieron éxito inmediato entre aficionados al arte
que estaban dispuestos a pagar el gramo de caca como si
fuera gramo de coca.
Manzoni no alcanzó a ver las altas
cotizaciones, pues murió en febrero de 1963. Tenía
29 años. Se especula aún sobre la causa de
su muerte: ¿infarto?, ¿coma etílico?,
¿derrame cerebral? Parece descartado el estreñimiento.
En los 44 años transcurridos desde entonces los tarros
de excrementos han aumentado de precio y de valor.
Atesoran latas el Museo de Arte Moderno
de Nueva York, el Centro Pompidou de París y la Tate
Gallery de Londres. Unas pocas se han extraviado o perforado;
otra estalló y voló a donde la etiqueta lo
indica. Uno de los ochenta y pico botes sobrevivientes se
subastó hace tres meses en 250 millones de pesos.
La historia es increíble, pero aún
falta lo mejor. O lo peor, según se vea. Hace pocos
días, un amigo del finado Manzoni reveló a
la prensa italiana que todo fue un engaño y las latas
no contienen el valioso elemento que se anuncia sino mero
yeso: yeso barato, yeso viejo, yeso de artista.
Esto nos conduce a la delirante situación
de que los compradores de los tarros no sólo pagaron
sumas ingentes por una manotada de mierda, sino que andan
indignados al saber que la mierda se les convirtió
en yeso. Y habrían estado igualmente iracundos si,
en vez del producto esperado, hubieran hallado oro y no
"merde d'artiste".
Así que ya sabe, querido lector:
cuando sus nietos le pregunten por nuestro tiempo, dígales
que era un tiempo en que la caca se vendía enlatada,
se pagaba a precios de escándalo y el cliente amenazaba
con demandar a la galería si la porquería
no resultaba auténtica.